domingo, julio 05, 2026

De lo popular a lo cupular: el networking del mundial.

 Publicado el 05 de julio de 2026 en Saltillo 360, de Vanguardia. 



Usos y costumbres de las bodas de antaño: sin variar entre rangos socioeconómicos, la lista de invitados la dictaban los padres. En la mesa principal era común ver al jefe de la empresa, el socio estratégico o el líder del partido. ¿Y los novios? Apenas los consultaban. Su única función era sonreír para la foto y pedir al par de mesas de amigos que no incomodaran mucho; era la excusa romántica para una cumbre de relaciones públicas.

Algo parecido pasa hoy con los megaeventos. La Fórmula 1, el Super Bowl y la Copa del Mundo, por citar liderazgos, han higienizado una lista de invitados de lo que antes fue pura pasión. Mientras en el pasto y la pista lo deportivo trasciende, en los palcos VIP la punta de la pirámide habla de política y economía, fusiones y bancarrota sin mirar ni un poco al campo. Un poco menos titanes, los tenedores de Club Suites u hospitality lounge platican de los montos y volúmenes que hubieron de comerciar para obtener en puja el asiento que incluye barra libre y alitas descongeladas.

Para enmascarar esta exclusión, el marketing corporativo diseñó el "Síndrome de Willy Wonka". En preferente, cabeceras y hasta arriba, van los influencers, los sorteados y personalidades afines al evento. Tanto consumes de una marca patrocinadora, tantos te siguen en redes o tanto significas comercialmente, es la vara que te otorga tu lugar. ¿El aficionado común? A vender el auto, atravesar tarjetas y dar refresh a la página cada nueve segundos para acceder a los pocos boletos en tarifa dinámica. Sí, mamá que compras boletos para conciertos, eso te ha pasado a ti.

De ahí viene que colosos como el Estadio Azteca o el San Siro de Milán se remodelen bajo una nueva doctrina: menor capacidad de espectadores, mayor densidad de chequeras y patrocinios. Menos cemento, más alfombra. Desde la actuaría aplicada al entretenimiento, el hincha tradicional es un perfil de alto riesgo y bajo rendimiento. Para las ligas, es mejor mitigar riesgos asegurando rentas multianuales de palcos B2B (Business to Business) que tener barras bravas en las gradas.

Esta gentrificación no solo expulsa al barrio, también esteriliza la experiencia. En los mundiales de los ochenta, la gente asistía en ropa de civil. Hoy, el estadio es un mar monocromático de jerseys hiper-comercializados. Y cuando la gigantesca oficina-estadio caiga en el gélido murmullo de quienes hacen networking desde la tribuna, las transmisiones inyectarán cánticos pregrabados, emulando la risa enlatada de las comedias de televisión.

 Sin embargo, al secuestrar el megaevento, el corporativismo comete un error de cálculo: compra butacas, pero no puede comprar el alma. Mientras la cúpula vive ajena al pasto, el aficionado vuelve a la raíz. Como quien huye del mall para volver al mercado, la pasión se refugia en la grada de concreto del equipo local o una concha acústica. Ahí donde el boleto cuesta poco más que la cerveza y el ídolo te mira a los ojos y trabaja en una fábrica. El corporativismo se quedó con el Mundial, los conciertos y los autos, pero nosotros nos quedamos con el juego y la pasión.

 

domingo, junio 28, 2026

Utopía o distopía: a once metros del gol

 Publicado el 28 de junio de 2026 en Saltillo 360, de Vanguardia.



Domingo. 19 de julio de 2026. New Jersey, USA.

Tras 120 minutos de juego con el marcador empatado, en la tanda de penales para definir al campeón del mundial y en franca contradicción histórica, México metió sus primeros cuatro, por tres del contrario. De meter el quinto, México es campeón mundial, de fallar, a extender el drama.  

Julián Quiñones es el elegido para cobrar. Su concentración es tal, que no observa en las gradas a tantos aficionados vestidos de verde que hacen parecer pocos a quienes visten de amarillo con su natural algarabía y sangre liviana. Ochenta mil aficionados en el estadio, más mil quinientos millones de audiencia televisiva, suman más expectativa por un gol que la visita a los templos de las principales religiones del mundo durante el fin de semana. Así de grande es el fútbol.

Pasaron 38 días desde que Julián escribió la primera letra de este mundial marcando gol ante Sudáfrica; ahora, el destino le dio la oportunidad de poner punto final a esta edición de la copa del mundo. Sería la primera vez en la historia en que un jugador abra y cierre con los goles de un mundial en un Alfa y Omega perfecto.

Mientras avanza hacia el manchón penal el tiempo se detiene para Quiñones. Su mente experimenta esa compresión temporal que precede a los accidentes. Su conciencia viaja muy lejos de ahí y regresa a los caminos de tierra en su remoto pueblo natal, enclavado en las entrañas de Colombia, entre la selva y el Océano Pacífico. Recuerda los días de jugar descalzo sobre el fango, esquivando tanto a los defensas improvisados del barrio como a la cruda realidad de una región asediada por violencia sistemática y olvido institucional. Recuerda cómo se forjó a sí mismo a base de hambre y rebeldía, ganándose el apodo de "Pantera" por ser un depredador frente al arco; de cómo a los dieciséis años, empujado por la necesidad de supervivencia, abandonó su tierra para emigrar a México buscando cambiar su destino. Aquí encontró refugio, oportunidad, fama, y un nuevo himno nacional.

Al acomodar con las manos la pelota sobre la marca blanca, no parece mover un balón de cuatrocientos y pico de gramos, parece cargar el peso de nombres como Hugo Sánchez y Luis García, Rafa Márquez y Guardado, Chicharito y Jorge Campos, y tantos atletas más. Da tres pasos hacia atrás.  

El árbitro suena el silbato. Julián inhala profundo, luego expulsa el aire de sus pulmones y enfila. Su botín derecho detona contra el cuero con fuerza bien entrenada. El balón se despega del pasto trazando una recta violenta; nueva compresión del tiempo: todo suspendido en otro abismo temporal donde aún no existen vencedores ni vencidos, distopías o utopías, todo puede suceder. 

Ráfagas de doscientas cámaras a nivel de cancha iluminan la noche en el instante preciso en que el portero rival vuela hacia la misma dirección del balón. Todo listo para la distópica utopía, no hay salida para Quiñones: si acierta, gana su país por adopción y pierde su patria natal, si falla, falla a su nueva bandera y da un respiro a quienes comparten su sangre en Colombia. 

domingo, junio 21, 2026

Día del Padre

 Publicado el 21 de junio de 2026 en Saltillo 360, de Vanguardia.



Pensé que conceptos como el eterno retorno, el Uroboro y esa idea de la circularidad de la vida se referían a historias tipo el Rey León, reencarnaciones y eso de que los ciclos aplican a la naturaleza, no al individuo. No podía estar más errado. Esta semana tropecé con la cuestión de que todo gira y gira como en un carrusel, o en canción de Fito Páez.

Montado en el carrusel a principio de semana, este no giró al son de una epifanía de jazz o música clásica, no señor, las revelaciones llegaron luego de un incesante chapoteo sobre los adoquines de la Alameda (en un decir elegante, en realidad es concreto estampado). El aguacero implacable del lunes ahogó los tenis con los que tanto anduve. No era cualquier par: con ellos corrí un maratón quince años atrás. Sí, sí, ya sé que quince años es demasiado tiempo para conservar un calzado en la era de úsese y tírese, pero si la moda no entra en mi anatomía por ser la antítesis de los maniquíes de tienda departamental, me toca estirar la vida útil de ropa y calzado hasta que en algún funeral caigo en cuenta de vestir parecido al personaje principal del evento. Llegué a casa con las suelas deshechas. Y apareció el eterno retorno.

Hace menos de diez años, en estas mismas páginas y alrededor del Día del Padre, conté cómo un aguacero echó a perder los zapatos que había heredado de papá más de diez años atrás, mientras atendía una responsabilidad de la que él estaría orgulloso.

Entre aquel aguacero de hace casi una década y el de este lunes, el paisaje se transformó por completo. El hombre que usó suelas de baqueta hoy parece vaquetón, los adolescentes que ayer lo festejaron hoy tienen grados académicos superiores al suyo. Pero el libreto del universo, en su infinita ironía, decidió repetir la escena: junio, lluvia a cántaros y yo regresando a casa con el calzado deshecho. Observando las suelas de mis tenis de maratonista desprendidas como bocas hambrientas, apareció la serpiente mordiendo su cola, el Uroboro.

En contexto y revolviendo más la harina, diremos que un carrusel da vueltas sin parar a través de los años sin que salgan volando los caballos y los tigres, las sirenas y los cisnes, en parte gracias a un poste de acero bien anclado al centro. El eterno retorno de mis zapatos arruinados sería solo una extraña y húmeda coincidencia meteorológica si no fuera por ese eje de rotación que es constante inamovible: el Día del Padre. Pero…

Es tentador pensar que el poste de acero o eje de rotación es uno, y me equivoco de nuevo. Siendo honesto, el que mi calzado termine una y otra vez en naufragio no es heroico, es pendejo. El verdadero giro argumental del carrusel es que el eje central no pertenece al ego del festejado en turno, y entiendo que el Día del Padre es una celebración que apunta en direcciones opuestas donde en ninguna estoy yo:

Por un lado, la celebración irrenunciable hacia mi padre. Es el día para honrar al hombre que me heredó más que un par de zapatos hace justo dos décadas en este mes. Y por otro lado, y aquí radica la ironía más hermosa de los ciclos, Uroboros y retornos, hoy celebro el tener los hijos que me permiten y alientan a disfrutar de un aguacero.