Publicado el 21 de junio de 2026 en Saltillo 360, de Vanguardia.
Pensé que conceptos como el eterno retorno, el Uroboro
y esa idea de la circularidad de la vida se referían a historias tipo el Rey
León, reencarnaciones y eso de que los ciclos aplican a la naturaleza, no al
individuo. No podía estar más errado. Esta semana tropecé con la cuestión de
que todo gira y gira como en un carrusel, o en canción de Fito Páez.
Montado
en el carrusel a principio de semana, este no giró al son de una epifanía de jazz o música
clásica, no señor, las revelaciones llegaron luego de un incesante chapoteo
sobre los adoquines de la Alameda (en un decir elegante, en realidad es concreto estampado). El aguacero implacable del lunes ahogó
los tenis con los que tanto anduve. No era cualquier par: con ellos corrí un
maratón quince años atrás. Sí, sí, ya sé que quince años es demasiado tiempo para conservar
un calzado en la era de úsese y tírese, pero si la moda no entra en mi
anatomía por ser la antítesis de los maniquíes de tienda departamental, me toca estirar la vida útil de ropa y calzado hasta que en algún funeral caigo en cuenta de vestir
parecido al personaje principal del evento. Llegué a casa con las suelas
deshechas. Y apareció el eterno retorno.
Hace
menos de diez años, en estas mismas páginas y alrededor del Día del Padre, conté
cómo un aguacero echó a perder los zapatos que había heredado de papá más de
diez años atrás, mientras atendía una responsabilidad de la que él estaría
orgulloso.
Entre aquel aguacero de hace casi una década y el de
este lunes, el paisaje se transformó por completo. El hombre que usó suelas de
baqueta hoy parece vaquetón, los adolescentes que ayer lo festejaron hoy tienen
grados académicos superiores al suyo. Pero el libreto del universo, en su infinita
ironía, decidió repetir la escena: junio, lluvia a cántaros y yo regresando a
casa con el calzado deshecho. Observando las suelas de mis tenis de maratonista
desprendidas como bocas hambrientas, apareció la serpiente mordiendo su cola,
el Uroboro.
En contexto y revolviendo más la harina, diremos que un
carrusel da vueltas sin parar a través de los años sin que salgan volando los
caballos y los tigres, las sirenas y los cisnes, en parte gracias a un poste de acero bien anclado
al centro. El eterno retorno de mis zapatos arruinados sería solo una
extraña y húmeda coincidencia meteorológica si no fuera por ese eje de rotación
que es constante inamovible: el Día del Padre. Pero…
Es tentador pensar que el poste de acero o eje de
rotación es uno, y me equivoco de nuevo. Siendo honesto, el que mi calzado
termine una y otra vez en naufragio no es heroico, es pendejo. El verdadero
giro argumental del carrusel es que el eje central no pertenece al ego del
festejado en turno, y entiendo que el Día del Padre es una celebración que
apunta en direcciones opuestas donde en ninguna estoy yo:
Por un lado, la celebración irrenunciable hacia mi
padre. Es el día para honrar al hombre que me heredó más que un par de zapatos hace justo dos décadas en este mes.
Y por otro lado, y aquí radica la ironía más hermosa de los ciclos, Uroboros y retornos, hoy celebro
el tener los hijos que me permiten y alientan a disfrutar de un aguacero.
