domingo, julio 05, 2026

De lo popular a lo cupular: el networking del mundial.

 Publicado el 05 de julio de 2026 en Saltillo 360, de Vanguardia. 



Usos y costumbres de las bodas de antaño: sin variar entre rangos socioeconómicos, la lista de invitados la dictaban los padres. En la mesa principal era común ver al jefe de la empresa, el socio estratégico o el líder del partido. ¿Y los novios? Apenas los consultaban. Su única función era sonreír para la foto y pedir al par de mesas de amigos que no incomodaran mucho; era la excusa romántica para una cumbre de relaciones públicas.

Algo parecido pasa hoy con los megaeventos. La Fórmula 1, el Super Bowl y la Copa del Mundo, por citar liderazgos, han higienizado una lista de invitados de lo que antes fue pura pasión. Mientras en el pasto y la pista lo deportivo trasciende, en los palcos VIP la punta de la pirámide habla de política y economía, fusiones y bancarrota sin mirar ni un poco al campo. Un poco menos titanes, los tenedores de Club Suites u hospitality lounge platican de los montos y volúmenes que hubieron de comerciar para obtener en puja el asiento que incluye barra libre y alitas descongeladas.

Para enmascarar esta exclusión, el marketing corporativo diseñó el "Síndrome de Willy Wonka". En preferente, cabeceras y hasta arriba, van los influencers, los sorteados y personalidades afines al evento. Tanto consumes de una marca patrocinadora, tantos te siguen en redes o tanto significas comercialmente, es la vara que te otorga tu lugar. ¿El aficionado común? A vender el auto, atravesar tarjetas y dar refresh a la página cada nueve segundos para acceder a los pocos boletos en tarifa dinámica. Sí, mamá que compras boletos para conciertos, eso te ha pasado a ti.

De ahí viene que colosos como el Estadio Azteca o el San Siro de Milán se remodelen bajo una nueva doctrina: menor capacidad de espectadores, mayor densidad de chequeras y patrocinios. Menos cemento, más alfombra. Desde la actuaría aplicada al entretenimiento, el hincha tradicional es un perfil de alto riesgo y bajo rendimiento. Para las ligas, es mejor mitigar riesgos asegurando rentas multianuales de palcos B2B (Business to Business) que tener barras bravas en las gradas.

Esta gentrificación no solo expulsa al barrio, también esteriliza la experiencia. En los mundiales de los ochenta, la gente asistía en ropa de civil. Hoy, el estadio es un mar monocromático de jerseys hiper-comercializados. Y cuando la gigantesca oficina-estadio caiga en el gélido murmullo de quienes hacen networking desde la tribuna, las transmisiones inyectarán cánticos pregrabados, emulando la risa enlatada de las comedias de televisión.

 Sin embargo, al secuestrar el megaevento, el corporativismo comete un error de cálculo: compra butacas, pero no puede comprar el alma. Mientras la cúpula vive ajena al pasto, el aficionado vuelve a la raíz. Como quien huye del mall para volver al mercado, la pasión se refugia en la grada de concreto del equipo local o una concha acústica. Ahí donde el boleto cuesta poco más que la cerveza y el ídolo te mira a los ojos y trabaja en una fábrica. El corporativismo se quedó con el Mundial, los conciertos y los autos, pero nosotros nos quedamos con el juego y la pasión.

 

domingo, junio 28, 2026

Utopía o distopía: a once metros del gol

 Publicado el 28 de junio de 2026 en Saltillo 360, de Vanguardia.



Domingo. 19 de julio de 2026. New Jersey, USA.

Tras 120 minutos de juego con el marcador empatado, en la tanda de penales para definir al campeón del mundial y en franca contradicción histórica, México metió sus primeros cuatro, por tres del contrario. De meter el quinto, México es campeón mundial, de fallar, a extender el drama.  

Julián Quiñones es el elegido para cobrar. Su concentración es tal, que no observa en las gradas a tantos aficionados vestidos de verde que hacen parecer pocos a quienes visten de amarillo con su natural algarabía y sangre liviana. Ochenta mil aficionados en el estadio, más mil quinientos millones de audiencia televisiva, suman más expectativa por un gol que la visita a los templos de las principales religiones del mundo durante el fin de semana. Así de grande es el fútbol.

Pasaron 38 días desde que Julián escribió la primera letra de este mundial marcando gol ante Sudáfrica; ahora, el destino le dio la oportunidad de poner punto final a esta edición de la copa del mundo. Sería la primera vez en la historia en que un jugador abra y cierre con los goles de un mundial en un Alfa y Omega perfecto.

Mientras avanza hacia el manchón penal el tiempo se detiene para Quiñones. Su mente experimenta esa compresión temporal que precede a los accidentes. Su conciencia viaja muy lejos de ahí y regresa a los caminos de tierra en su remoto pueblo natal, enclavado en las entrañas de Colombia, entre la selva y el Océano Pacífico. Recuerda los días de jugar descalzo sobre el fango, esquivando tanto a los defensas improvisados del barrio como a la cruda realidad de una región asediada por violencia sistemática y olvido institucional. Recuerda cómo se forjó a sí mismo a base de hambre y rebeldía, ganándose el apodo de "Pantera" por ser un depredador frente al arco; de cómo a los dieciséis años, empujado por la necesidad de supervivencia, abandonó su tierra para emigrar a México buscando cambiar su destino. Aquí encontró refugio, oportunidad, fama, y un nuevo himno nacional.

Al acomodar con las manos la pelota sobre la marca blanca, no parece mover un balón de cuatrocientos y pico de gramos, parece cargar el peso de nombres como Hugo Sánchez y Luis García, Rafa Márquez y Guardado, Chicharito y Jorge Campos, y tantos atletas más. Da tres pasos hacia atrás.  

El árbitro suena el silbato. Julián inhala profundo, luego expulsa el aire de sus pulmones y enfila. Su botín derecho detona contra el cuero con fuerza bien entrenada. El balón se despega del pasto trazando una recta violenta; nueva compresión del tiempo: todo suspendido en otro abismo temporal donde aún no existen vencedores ni vencidos, distopías o utopías, todo puede suceder. 

Ráfagas de doscientas cámaras a nivel de cancha iluminan la noche en el instante preciso en que el portero rival vuela hacia la misma dirección del balón. Todo listo para la distópica utopía, no hay salida para Quiñones: si acierta, gana su país por adopción y pierde su patria natal, si falla, falla a su nueva bandera y da un respiro a quienes comparten su sangre en Colombia. 

domingo, junio 21, 2026

Día del Padre

 Publicado el 21 de junio de 2026 en Saltillo 360, de Vanguardia.



Pensé que conceptos como el eterno retorno, el Uroboro y esa idea de la circularidad de la vida se referían a historias tipo el Rey León, reencarnaciones y eso de que los ciclos aplican a la naturaleza, no al individuo. No podía estar más errado. Esta semana tropecé con la cuestión de que todo gira y gira como en un carrusel, o en canción de Fito Páez.

Montado en el carrusel a principio de semana, este no giró al son de una epifanía de jazz o música clásica, no señor, las revelaciones llegaron luego de un incesante chapoteo sobre los adoquines de la Alameda (en un decir elegante, en realidad es concreto estampado). El aguacero implacable del lunes ahogó los tenis con los que tanto anduve. No era cualquier par: con ellos corrí un maratón quince años atrás. Sí, sí, ya sé que quince años es demasiado tiempo para conservar un calzado en la era de úsese y tírese, pero si la moda no entra en mi anatomía por ser la antítesis de los maniquíes de tienda departamental, me toca estirar la vida útil de ropa y calzado hasta que en algún funeral caigo en cuenta de vestir parecido al personaje principal del evento. Llegué a casa con las suelas deshechas. Y apareció el eterno retorno.

Hace menos de diez años, en estas mismas páginas y alrededor del Día del Padre, conté cómo un aguacero echó a perder los zapatos que había heredado de papá más de diez años atrás, mientras atendía una responsabilidad de la que él estaría orgulloso.

Entre aquel aguacero de hace casi una década y el de este lunes, el paisaje se transformó por completo. El hombre que usó suelas de baqueta hoy parece vaquetón, los adolescentes que ayer lo festejaron hoy tienen grados académicos superiores al suyo. Pero el libreto del universo, en su infinita ironía, decidió repetir la escena: junio, lluvia a cántaros y yo regresando a casa con el calzado deshecho. Observando las suelas de mis tenis de maratonista desprendidas como bocas hambrientas, apareció la serpiente mordiendo su cola, el Uroboro.

En contexto y revolviendo más la harina, diremos que un carrusel da vueltas sin parar a través de los años sin que salgan volando los caballos y los tigres, las sirenas y los cisnes, en parte gracias a un poste de acero bien anclado al centro. El eterno retorno de mis zapatos arruinados sería solo una extraña y húmeda coincidencia meteorológica si no fuera por ese eje de rotación que es constante inamovible: el Día del Padre. Pero…

Es tentador pensar que el poste de acero o eje de rotación es uno, y me equivoco de nuevo. Siendo honesto, el que mi calzado termine una y otra vez en naufragio no es heroico, es pendejo. El verdadero giro argumental del carrusel es que el eje central no pertenece al ego del festejado en turno, y entiendo que el Día del Padre es una celebración que apunta en direcciones opuestas donde en ninguna estoy yo:

Por un lado, la celebración irrenunciable hacia mi padre. Es el día para honrar al hombre que me heredó más que un par de zapatos hace justo dos décadas en este mes. Y por otro lado, y aquí radica la ironía más hermosa de los ciclos, Uroboros y retornos, hoy celebro el tener los hijos que me permiten y alientan a disfrutar de un aguacero.  

 



domingo, junio 14, 2026

De la mano de dios a la mano de Suárez

 publicado el 14 de junio de 2026 en Saltillo 360, de Vanguardia


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A la hora de contar familia, me considero más hermano de mis hermanos latinoamericanos que hijo de la madre patria o primo de mis primos del norte; hoy me asumo rioplatense.

Cuando el charrúa Luis Suárez, no siendo portero, levantó su mano sobre la línea de gol al expirar la prórroga, además de atajar un balón que negó al continente africano su primera incursión en semifinales, hizo elipsis en el tiempo. Con ello, contuvo a la moralina eurocentrista que pretendió regir al mundo con un discurso que se contradice desde la llegada al lobby de todo museo europeo y casa real. A diferencia de la mano de dios de Maradona, que fue un robo de monedas al imperio británico, la mano de Suárez desató un martirio público de latinos y africanos. Diego engañó al juez ante el sol de mediodía en México, lo que le valió un gol para Argentina; 24 años más tarde, Luis se entregó a la justicia esa noche en Johannesburgo, la cual concedió el penalti a Ghana.

En la narrativa latinoamericana, donde el pasado nos dice que las historias y reglas se escriben por quienes ganan, la infracción se convierte en un recurso de supervivencia. Pero aquella vez en Sudáfrica la trama mundial se torció. Como buenos latinos, no robamos al ladrón; no era Argentina vengando las Malvinas. Éramos todos nosotros, todos hijos del saqueo, robando la gloria a Ghana, también hija del saqueo.

La paradoja más cruel de aquel partido: durante décadas, la literatura del fútbol —con Eduardo Galeano a la cabeza— nos entrenó para ver en el juego la simbólica revancha de oprimidos sobre opresores. El fútbol de garra fue nuestra lanza contra la mecanización europea, la disciplina oriental y la técnica gringa; pero en ese 2010 el guion se rompió. Ghana no jugó contra la Inglaterra colonialista, los conquistadores ibéricos o la bélica Alemania; compitió con Uruguay, una nación que apenas es un barrio dentro del mapa mundial. 

Luego de la mano de Suárez, vimos al cobrador ghanés estrellar el balón en el travesaño, mandando la resolución a una tanda de penales. Y si la mano de Suárez fue el sacrificio desesperado para una extensión de vida para su causa, el último penal del partido ejecutado a la Panenka por el Loco Abreu fue la firma de autor de nuestra sangre latina, dándole muerte al rival. Por un momento, dejamos de ser el héroe romántico de la resistencia para convertirnos en un verdugo pragmático. Nos convertimos en eso que siempre odiamos: la potencia que aplasta el sueño ajeno no por superioridad moral, sino por cínica astucia.

Al final, la mano de Suárez dialoga con la de Maradona en un mismo idioma no por la trampa, sino por la humanidad. Diego fue ese dios impuro que cobró deudas históricas; Suárez fue el demonio necesario para recordar que también acá somos cabrones. Ambas victorias dejaron huella profunda, pero la de 2010 trajo un residuo de culpa histórica. Ganamos esos partidos, sí. Pero si en el 86 la derrota británica supo a justicia redentora, al mirar a los africanos llorar sobre su césped sentimos que esta vez el saqueo lo perpetramos nosotros. Y eso, quizás, cala igual que otra derrota.

 

 


domingo, mayo 31, 2026

Un dolor de muelas

Publicado el 30 de mayo de 2026 en Saltillo 360, de Vanguardia


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Por ese andar encorvado y cabizbajo parece que le duelen las rodillas y otras articulaciones. Pero no, es el primer molar inferior derecho. Saber que mañana a medio día el dolor desaparecerá no le trae ningún alivio. Este dolor es suyo y de nadie más; no hay quien pueda consolarlo. Y llora.

Deja la cena casi intacta. Hasta su puerta llegó algo parecido a la receta de su madre de la sopa de cebolla, aunque nunca hubo otra igual. Pensó en sopa por ser fácil de engullir, distinto a algo con más cuerpo, pero esa maldita muela le impidió disfrutar del malogrado manjar. Intentó saborear y pasar con el otro lado de la boca, al cabo de dos bocados la punzada de dolor se agudizó. Qué desperdicio, piensa ahora. Y llora.

Jamás leyó a Shakespeare, por lo tanto desconoce su cita: “No ha existido un filósofo capaz de soportar pacientemente un dolor de muelas”. Tampoco leyó a Dostoievski, Sartre o Víctor Hugo, por desfase o por desidia; la cruela verdad es que de haberlos leído, no servirían de mucho ahora. Se pasa la noche en vela. Dormir en la íIe de la Cité y escuchar la corriente del río Sena no brinda glamour al sufrimiento. Y llora.  

Por la mañana escucha las campanadas del reloj público. Sabe que es cuestión de tiempo y las horas van en regresión. Llega el momento de salir. El dolor no cede, se acrecienta. Y llora.

Su transporte llega a tiempo. Aborda. Unos minutos más tarde ha cruzado el Sena y avanza sobre la Rue Saint-Honoré. Los adoquines de la ciudad hacen que todo el vehículo tiemble y se sacuda, y la muela lo resiente. Y llora.

Por un instante, cuando vislumbra la plaza más grande de París—aquella misma donde María Antonieta y Luis XVI perdieron la vida—, el dolor desaparece y la envidia lo carcome al observar tanta gente a la que nada le duele. Un poco más adelante el dolor vuelve. Y llora.

Llega a su destino. Se apea. Sube las escaleras con penosa parsimonia, la muela sigue doliendo. Para todo hay protocolo: debe esperar su turno y para este trámite y tiempo, ser puntual no es requisito. Mientras pasan los minutos se encierra dentro de sí buscando algo en su cabeza. Algo busca sin saber qué es. El dolor es insoportable, cierra los ojos y trata de pensar en su niñez, en la campiña francesa; no logra concentrarse en nada. Y llora.

Es su turno. En otras circunstancias podría cuestionar la frialdad del trato recibido, sabe bien que esto es así, aquí no cabe piedad, todo es cuadrado, profesional y rápido, por los que vienen detrás. Llega ese momento de la vida donde el sentido del oído es más importante que la vista y todo se escucha metálico, chillante, monstruoso. Pone la cabeza en la posición que le indican. Le duele mucho la muela. De pronto escucha un Swwooosshh…y el dolor desaparece.

La ciencia dirá que tarda entre tres y ocho segundos en perder el conocimiento, pero en ese precioso tiempo es consciente que ya no existe el dolor. Su cabeza rebota y rueda dentro del canasto, debajo de la guillotina. Siente ganas de llorar, pero ya no puede hacerlo.




domingo, abril 26, 2026

Un cliché: de Wallace a Wallace a Wallace

publicado el 26 de abril en Saltillo 360, de Vanguardia. 


No es que no quiera sentir la adrenalina de jugar y meter gol, comer ostión de la concha, cantar a todo pulmón. Se volvió todo repetitivo, un carrusel de experiencias, todo parte de un ritual, tan cansado, tan igual. Me da entonces por leer.

Resulta que no me acuerdo y caigo en lugar común: lo que bien se aprende no se olvida. Por supuesto, sé leer: empecé en la caja del cereal y el dogma del catecismo, la revista deportiva, la saga de Sherlock Holmes; me inicié en astronomía por una nota en Playboy; con la anuencia de mis padres, del cura y gobernación, entre líneas y subtramas, de la mano de Irving Wallace, descubrí un mundo de sexo, de drogas y rock and roll.

Llegó el cine en tantas formas que leer se rezagó. Cito de nuevo un cliché: si una imagen dice más que mil palabras y veinticuatro imágenes por segundo son la métrica del cine, no hace falta sacar cuentas para entender el porqué. Rocky y Rambo, El Padrino, Contacto y Danza con Lobos; y archivado en la memoria, Mel Gibson es William Wallace.

Luego mi algoritmo tropezó con un lector apasionado invitando a hacer lectura de un libro que me pesaba: La Broma Infinita, de David Foster Wallace. Había leído algo de él en aproximación a su obra; me gustó mucho su estilo, su opinión, prosa, andamiaje. De ahí, a leer un ladrillo con más de un millar de páginas más casi cuatrocientas notas al final cuya función es estructural para la trama y no solo referencial para brincarlas; lo intenté en cuatro ocasiones con estrépitos fracasos. La invitación era a hacerlo en un club de lectura. Yo, que quiero hacer todo solo pero no hago ni un arroz sin eco que lo festeje, supe que era la manera de abordar de nuevo a Wallace. Finalmente lo acabé.

Comprendí donde acaban las historias: en una interpretación sesgada por los sucesos que van del cunero de hospital al ruedo en el carnaval…más las trillones de cosas que se han de cruzar primero para nacer cómo-cuándo-y-dónde. Una óptica cambiante y personalísima que se explica en un renglón: yo veo nueve, tú ves seis, es un trazo en un papel. Ahora, si intercambiáramos silla yo vería el seis y tú el nueve. Ahí conectas con Wallace: te obliga a cambiar de silla hasta que el cuello te truene. Pero…

En esa danza tan torpe que en ocasiones se da entre una obra y su autor, solo voy a señalar la chocante conclusión de alojar un sentimiento que raya en la frustración: haber leído una obra tan cuidada en los detalles, el trabajo de un artista, un joyero y artesano; calculó muy bien las frases y en ellas cada palabra, marcó tiempo en puntuaciones, las ideas en conceptos, y hasta en la maquetación; todo escrito por un tipo de un talento fascinante cuyo formato de muerte da pie a una brutal paradoja, que va acorde a sus historias por su retrato urbanista del absurdo existencial de saturar el sentido con síntomas de hedonismo, no de la alta literatura en la que lo presentó: como si fuera una broma, la existencia de este hombre que curó tan bien su obra, fue a acabar con un cliché.



domingo, abril 05, 2026

Mis gafas oscuras

publicado el 05 de abril de 2026 en Saltillo 360, de Vanguardia.

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Por consejo médico compré unos lentes transicionales para proteger los ojos de la resolana —el ojo claro no es ninguna gracia si naces por debajo del trópico de cáncer—, además, hube de graduarlos progresivos porque de lejos veo bien, pero observando de cerca, nada me parece igual. Yo ya veía muy borroso, vivía con los ojos rojos, ¿Se puede vivir así? Sin ninguna duda, sí; pero andar a media vista no es lo más recomendable para transitar el mundo: no alcanza uno a distinguir cilantro de perejil, la brecha entre hogar y casa, ni al honorable del transa.

Luego, en algo que considero un signo de buena clase aunque mis amigos dicen que es por pura economía, me voy por lo utilitario siempre que lo respalda un maestro del oficio: mi equipaje es Samsonite y no Louis Vuitton, una pluma Parker sobre una Mont Blanc, y en deportes de balón, en una cancha de tenis o hasta en el campo de golf, con equipamiento Wilson siempre di buenas batallas. De ahí que me decidí por unos Ray Ban… de los que traen camarita y hasta razonan por mí. Me gusta pensar que lo práctico no está peleado con lo profundo y que es bueno tomar lo bueno que nos ofrece el mercado.

Y entre muchas novedades que tienen mis gafas nuevas, está la de escuchar por las patillas lo que el celular quiera enviar. Créeme, no es comercial, pero la calidad de sonido es increíble. Entonces las uso durante todo el día con un telón de música ligera y manos libres que recuerdan una popular teoría de la evolución humana. Ya te imaginas aquello: va el volumen muy bajito andando solo en mis cosas, un poquito más arriba para escuchar lo importante, hasta el tope de volumen si estoy enfrente de un necio. Pero no se trata de eso. Los he disfrutado tanto porque, a diferencia de unos audífonos que no me dio por usar, con esta tecnología no me aíslo de tu mundo mientras disfruto del mío. Sí, mi algoritmo suena al fondo, pero yo te escucho a ti.

Me gusta pensar que si bien es cierto que soy anónimo eslabón en esa infinita cadena que engarza con los engranes de un engranaje mayor que nadie sabe asumir, también en verdad hay cierta felicidad por hacerme de unas gafas, por cuidar de lo que veo y la forma en que lo veo. Así fue que todo se conjugó para conseguir mis lentes: ¿el médico?, recetó, la tecnología se dio, los financié con, con, ¿con qué sé yo?, la pequeña óptica ganó, y un amigo me atendió.

Pues entonces aquí estoy, sigo con las gafas puestas luego de un día torrencial, lo empañado de las micas es perfecta coyuntura para no mirar afuera y buscar qué tengo adentro; a cerrar redes sociales, podcasts, noticias y comerciales, pongo el volumen a modo, me zambullo entre mis gustos en ese algoritmo tan mío, mi otra huella digital, en ese rastro de vida que tanto dice de mí, más que la declaración de impuestos, más que el diploma y la foto, más que el curriculum vitae. Antes de quedar dormido me quito mis gafas nuevas, las conecto al cargador que les transfiere energía, ya no les presto atención, mañana será otro día.

domingo, marzo 22, 2026

Un utópico torneo de tennis

publicado el 22 de marzo de 2026 en Saltillo 360, de Vanguardia

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Para frenar controversias, el buen dios organizó el torneo tenístico soñado: una jornada con cuatro de los mejores exponentes en la historia de este deporte; dos vigentes en el circuito hasta hace poco tiempo, y los otros dos de antaño. El señor todo lo puede, así que utilizó su magia para reunir a los cuatro en su mejor momento: inventó la máquina del tiempo.

Dejando clara huella de su imperfección, el organizador del todo no pudo dar gusto a cada aficionado y optó por enfrentar, si no a los mejores por aquello de que en gustos se rompen géneros y en discusiones hocicos (y en petates, buenos cueros, agregaría el Dr. Juan Manuel), sí a los más mediáticos de dos eras: Jimmy Connors y Bjorn Borg por la época de nuestros padres, y Roger Federer con Rafael Nadal representando al tenis actual. Ese dios debe ser griego o romano: agarró puro occidental sin importar la inclusión metiendo asiáticos, africanos o hindúes.

¿Cómo fue posible la teletransportación en tiempo y espacio? ni me lo preguntes, me lo explicaron pero no lo entendí. Basta recordar la película de Terminator para imaginar en qué condiciones llegaron al pasado Federer y Nadal: sin nada; sin equipo, sin ropa ni joyas, sin cremas faciales, ni siquiera el cepillo de dientes.

Diosito escogió el día y lugar para los partidos: un 28 de diciembre en una cancha de arcilla de lo que fue el deportivo San José. Paréntesis: a que no sabías que los mejores tenistas mexicanos de su tiempo jugaron aquí mero, atrasito de lo que era el rastro de Arteaga.

Si sigues este deporte entenderás que el formato utilizado para el evento fue el de Copa Davis: dos equipos, cada jugador tiene un partido contra cada uno de los rivales, y un quinto partido en modalidad dobles.

Resulta que ese lunes de diciembre de 1981, en alguna forma, en alguno de esos multiversos de los que todos hablan mucho pero nadie entiende nada, se enfrentaron dos de los mejores de aquellos años contra dos de los más queridos de hoy. El resultado no pudo ser más sorprendente: Connors y Borg se impusieron en los cuatro partidos de singles, perdiendo solo el de dobles.

La explicación es sencilla: Federer y Nadal no pudieron adecuarse a las raquetas, pelotas, vestimenta y calzado que les proporcionaron para la época. Jugaron con juanetes en sus pies y pelotearon sin sensibilidad en sus raquetas, Rafa jamás pudo sacarse el calzón y a Federer se le deshilacharon sus shorts cuando intentó su devolución tweener, esa que hace de espaldas, por enmedio de sus piernas.

Algo curioso que notamos los invitados al evento: a pesar de ser hasta quince años mayores, los veteranos de la era moderna lucían más jóvenes, atléticos y sanos que sus rivales. El partido de parejas fue rescatado por los contemporáneos al tener mejor vista y reflejos para ganar en la red. Olvídate por favor de los tecnicismos, no importan mucho.

Ahora, para pagar la visita, el buen dios va a traer al Connors y al Borg de hace casi cincuenta años, sin raquetas, sin pelotas ni agregados; con sus piernitas de hilo, sin formación psicológica ni ciencia en su entrenamiento, sin dietas para deportistas de alto nivel. ¿Quién ganará este torneo? Ya imagino la masacre.

sábado, febrero 07, 2026

Un futuro posible desde estampas de ayer y hoy

 publicado el 21 de diciembre 2025 en Saltillo 360, de Vanguardia


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—¡buuaahh, buuaahh ¡— se escuchaba al niño berrear.

—¿Por qué llora el nene? — preguntaba el papá con voz cansina.

—¡Porque quiere su cuna de Mueblería Selene ¡— respondía la mamá en melódico grito.

Pocos lectores recordarán ese diálogo que durante mi niñez anunciaba el negocio del cual heredé el oficio. A medio siglo de aquello, entidades y conceptos como el comercio, la economía, Saltillo, México y el mundo, la demografía, publicidad, industria y demás, parecen irreconocibles en la comparación. Pero también parece existir un futuro posible para cierta nostalgia, una especie de afortunada regresión luego de la frenética avanzada.

Sin perder el hilo de una vocación anidada desde que hacía la tarea entre mercancías hasta levantar la cortina el día de hoy, esas cunas que fueron el artículo más popular en su momento han desaparecido del inventario. ¿La causa? Ya no nacen tantos niños.

Productos como andaderas y carreolas en mi giro, dejaron de ser parte medular del todo para convertirse en artículos de nicho. Igual pasa en otros rubros con los zapatos, ropa y accesorios de bebé; se extiende a consumibles como pañales, leche en polvo y el Gerber, en trasnominación de papilla. Habrá que reconocer un sesgo: quizá hoy se vendan más pañales en volumen, pero el porcentaje de participación en la economía cada vez es menor a lo histórico. Mientras en la otra esquina, el mercado de los adultos mayores se incrementa en trágica paradoja: entre más crece, más rápido se desvanece.

¿Lo notas? Esos bebés que no nacen y por ello sus hipotéticos padres ya no me compran cunas, son los mismos que cuando no crezcan, no comprarán autos fabricados en el sureste de Coahuila ni comerán tacos del Fogón, no rentarán depas en Parque Centro ni casa en el centro histórico, no pasarán al Oxxo por Takis ni irán a Cinépolis a ver el Episodio XXX de Star Wars (las equis las dejo a libre interpretación) …nada de eso harán porque no nacen, y la tendencia es irreversible por su naturaleza antropológica, es decir, multifactorial. Días atrás, algo así explicó un alto funcionario federal del sector educativo, pero todo quedó en memes y descalificaciones por decirlo quien lo dijo; se burlaron del emisario sin ponderar el argumento.

Además, contrario a épocas pasadas cuando el impulso universal a las economías de mercado romantizó a la madre soltera y familias numerosas como combustible para la industrialización y el consumo, hoy, de cara a la automatización, robotización e inteligencia artificial, la obviedad más grande que presenciamos es la disminución de la demanda de mano de obra y profesionistas; consecuencia: contracción del mercado. Spoiler para quienes buscan gobernar en cualquier nivel: el reto del Estado será gobernar desde la escasez por lo menos durante una generación; menos gente= menos economía =menos impuestos =menos presupuesto. Ya no será posible eso de abarrotar la ciudad de fuereños con tal de recibir mayor presupuesto a costa de la calidad de vida de los nativos.

Entonces, ¿dónde queda aquello de la nostálgica y afortunada regresión? Seguro terminará en un achicamiento de la población, lo que disminuirá la mancha urbana, el tránsito vehicular y la fila en los baños públicos. Más comercio sin contacto y más áreas comunes para el ocio. Menos cabañas en la sierra y más hectáreas de pinos, menos agua para la industria y mejor agua para ingerir. Menos luces en la ciudad, más oscuridad para observar las estrellas.

 

Un Futuro posible desde estampas de ayer y hoy





Manejando

 publicado el 30 de noviembre de 2026 en Saltillo 360, de Vanguardia


https://www.saltillo360.com/especialistas/manejando-JL18319990


Me llegó el golpe de realidad, el estate quieto, sereno moreno, o la lección no solicitada. Igual a muchos aprendizajes de la vida, la lección llegó luego de ejercer la democrática soberbia. Te platico:

Voy encarrerado conduciendo La Potranquita desde mi trabajo en Saltillo hacia Guanajuato de Abajo, municipio de Ramos Arizpe; ahí me espera un refri cuyo contenido choca tanto con la enseñanza materna como con las recomendaciones de salubridad: una fanta de fresa y tres cervezas Indio, tortillas de harina, pastura y aderezos con miel para quienes nunca me visitan, pizza fría para quienes van regularmente por consejo o efectivo, un quesito barato que se ha pintado de azul por ranciedad y no por alcurnia como hacen los quesos finos, hay verdes limones agrios, una naranja que no sabré hasta pelarla si es ácida o dulce, y una ciruela cuyo color guinda se empieza a tornar en negro hasta convertirla en pasa.

Dejo atrás el último semáforo a la altura de lo que mi generación conoce como El Reloj de la Ford, calle Canadá para los entregadores de plataformas digitales, o la punta norte de la ruta recreativa. Ahí arranca mi martirio, y vaya que vengo bajando desde el centro histérico: rebasar por la derecha, acelerar, frenar, cambiar de carril, frenar de nuevo, testear el dizque turbo que un vehículo chino pueda tener, irme hasta la izquierda, ahora al centro, pasar tanto abuelitas al volante como a jóvenes señores que van sin prisa, dar un pequeño cerrón, escuchar la mentada de madre que me dedican desde el claxon, luego llegar al tramo de unos ocho kilómetros en dónde ese surrealismo mexicano que Dalí dijo era más loco que su delirante imaginación se encarna en política u obra pública: una serie de accesos e incorporaciones a la vialidad desde la izquierda, es decir, desde el carril de alta velocidad; a saber, en Soriana, en Campanares, en la estatua de Carranza y pasando las gasolineras de Ramos. Agrégale: más desviaciones o retornos también desde la izquierda que hacen del carril para rebasar una vía que por su velocidad asemeja más al estereotipo de burocracia que de progreso. ¿En serio existe algo llamado desarrollo urbano o vialidad que planifica esto?

De vuelta al tema: dejando de lado la logística gubernamental para que la experiencia de transitar ese tramo pase de pelear la pole position a regresar con vida a casa, toca la responsabilidad cívica de saber cómo manejar. Y es aquí donde se gesta el golpe de realidad.

Desesperado, encabritado y rendido, veo al pazguato que no frena ni acelera y se eterniza sobre el carril para rebasar que podría dejar libre si conociera el concepto de empatía; más adelante, tres autobuses de transporte de personal ocupan todos los carriles, sincronizados en lo que supongo es la velocidad gobernada de sus unidades, los paso casi por acotamiento frente a la patrulla destacada en conocido restaurante; luego toca un trailero que, aparte de haberse saltado las clases de física, pretende, con su pesada carga y poca inercia, adelantar al millennial del sedán que escucha a Krauze, Ruzzarín, o a la egresada de Harvard, dependiendo de su posicionamiento dentro del status quo.

Finalmente, me preparo para abandonar la carretera con vocación de bulevar para acceder a mi destino. Y ahí está: un letrero marcando el límite de velocidad que me golpea con guante blanco. ¿Es culpa de la poca civilidad al volante de otros lo que me desespera? ¿O es mi consciente ignorancia a los límites de velocidad lo que hace parecer que la vida corre con menos prisa allá afuera en el mundo real, que dentro de mi intrincada cabeza?

 



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