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domingo, mayo 31, 2026

Un dolor de muelas

Publicado el 30 de mayo de 2026 en Saltillo 360, de Vanguardia


Léelo en Saltillo 360, de Vanguardia 

Por ese andar encorvado y cabizbajo parece que le duelen las rodillas y otras articulaciones. Pero no, es el primer molar inferior derecho. Saber que mañana a medio día el dolor desaparecerá no le trae ningún alivio. Este dolor es suyo y de nadie más; no hay quien pueda consolarlo. Y llora.

Deja la cena casi intacta. Hasta su puerta llegó algo parecido a la receta de su madre de la sopa de cebolla, aunque nunca hubo otra igual. Pensó en sopa por ser fácil de engullir, distinto a algo con más cuerpo, pero esa maldita muela le impidió disfrutar del malogrado manjar. Intentó saborear y pasar con el otro lado de la boca, al cabo de dos bocados la punzada de dolor se agudizó. Qué desperdicio, piensa ahora. Y llora.

Jamás leyó a Shakespeare, por lo tanto desconoce su cita: “No ha existido un filósofo capaz de soportar pacientemente un dolor de muelas”. Tampoco leyó a Dostoievski, Sartre o Víctor Hugo, por desfase o por desidia; la cruela verdad es que de haberlos leído, no servirían de mucho ahora. Se pasa la noche en vela. Dormir en la íIe de la Cité y escuchar la corriente del río Sena no brinda glamour al sufrimiento. Y llora.  

Por la mañana escucha las campanadas del reloj público. Sabe que es cuestión de tiempo y las horas van en regresión. Llega el momento de salir. El dolor no cede, se acrecienta. Y llora.

Su transporte llega a tiempo. Aborda. Unos minutos más tarde ha cruzado el Sena y avanza sobre la Rue Saint-Honoré. Los adoquines de la ciudad hacen que todo el vehículo tiemble y se sacuda, y la muela lo resiente. Y llora.

Por un instante, cuando vislumbra la plaza más grande de París—aquella misma donde María Antonieta y Luis XVI perdieron la vida—, el dolor desaparece y la envidia lo carcome al observar tanta gente a la que nada le duele. Un poco más adelante el dolor vuelve. Y llora.

Llega a su destino. Se apea. Sube las escaleras con penosa parsimonia, la muela sigue doliendo. Para todo hay protocolo: debe esperar su turno y para este trámite y tiempo, ser puntual no es requisito. Mientras pasan los minutos se encierra dentro de sí buscando algo en su cabeza. Algo busca sin saber qué es. El dolor es insoportable, cierra los ojos y trata de pensar en su niñez, en la campiña francesa; no logra concentrarse en nada. Y llora.

Es su turno. En otras circunstancias podría cuestionar la frialdad del trato recibido, sabe bien que esto es así, aquí no cabe piedad, todo es cuadrado, profesional y rápido, por los que vienen detrás. Llega ese momento de la vida donde el sentido del oído es más importante que la vista y todo se escucha metálico, chillante, monstruoso. Pone la cabeza en la posición que le indican. Le duele mucho la muela. De pronto escucha un Swwooosshh…y el dolor desaparece.

La ciencia dirá que tarda entre tres y ocho segundos en perder el conocimiento, pero en ese precioso tiempo es consciente que ya no existe el dolor. Su cabeza rebota y rueda dentro del canasto, debajo de la guillotina. Siente ganas de llorar, pero ya no puede hacerlo.




domingo, abril 26, 2026

Un cliché: de Wallace a Wallace a Wallace

publicado el 26 de abril en Saltillo 360, de Vanguardia. 


No es que no quiera sentir la adrenalina de jugar y meter gol, comer ostión de la concha, cantar a todo pulmón. Se volvió todo repetitivo, un carrusel de experiencias, todo parte de un ritual, tan cansado, tan igual. Me da entonces por leer.

Resulta que no me acuerdo y caigo en lugar común: lo que bien se aprende no se olvida. Por supuesto, sé leer: empecé en la caja del cereal y el dogma del catecismo, la revista deportiva, la saga de Sherlock Holmes; me inicié en astronomía por una nota en Playboy; con la anuencia de mis padres, del cura y gobernación, entre líneas y subtramas, de la mano de Irving Wallace, descubrí un mundo de sexo, de drogas y rock and roll.

Llegó el cine en tantas formas que leer se rezagó. Cito de nuevo un cliché: si una imagen dice más que mil palabras y veinticuatro imágenes por segundo son la métrica del cine, no hace falta sacar cuentas para entender el porqué. Rocky y Rambo, El Padrino, Contacto y Danza con Lobos; y archivado en la memoria, Mel Gibson es William Wallace.

Luego mi algoritmo tropezó con un lector apasionado invitando a hacer lectura de un libro que me pesaba: La Broma Infinita, de David Foster Wallace. Había leído algo de él en aproximación a su obra; me gustó mucho su estilo, su opinión, prosa, andamiaje. De ahí, a leer un ladrillo con más de un millar de páginas más casi cuatrocientas notas al final cuya función es estructural para la trama y no solo referencial para brincarlas; lo intenté en cuatro ocasiones con estrépitos fracasos. La invitación era a hacerlo en un club de lectura. Yo, que quiero hacer todo solo pero no hago ni un arroz sin eco que lo festeje, supe que era la manera de abordar de nuevo a Wallace. Finalmente lo acabé.

Comprendí donde acaban las historias: en una interpretación sesgada por los sucesos que van del cunero de hospital al ruedo en el carnaval…más las trillones de cosas que se han de cruzar primero para nacer cómo-cuándo-y-dónde. Una óptica cambiante y personalísima que se explica en un renglón: yo veo nueve, tú ves seis, es un trazo en un papel. Ahora, si intercambiáramos silla yo vería el seis y tú el nueve. Ahí conectas con Wallace: te obliga a cambiar de silla hasta que el cuello te truene. Pero…

En esa danza tan torpe que en ocasiones se da entre una obra y su autor, solo voy a señalar la chocante conclusión de alojar un sentimiento que raya en la frustración: haber leído una obra tan cuidada en los detalles, el trabajo de un artista, un joyero y artesano; calculó muy bien las frases y en ellas cada palabra, marcó tiempo en puntuaciones, las ideas en conceptos, y hasta en la maquetación; todo escrito por un tipo de un talento fascinante cuyo formato de muerte da pie a una brutal paradoja, que va acorde a sus historias por su retrato urbanista del absurdo existencial de saturar el sentido con síntomas de hedonismo, no de la alta literatura en la que lo presentó: como si fuera una broma, la existencia de este hombre que curó tan bien su obra, fue a acabar con un cliché.