domingo, junio 28, 2026

Utopía o distopía: a once metros del gol

 Publicado el 28 de junio de 2026 en Saltillo 360, de Vanguardia.



Domingo. 19 de julio de 2026. New Jersey, USA.

Tras 120 minutos de juego con el marcador empatado, en la tanda de penales para definir al campeón del mundial y en franca contradicción histórica, México metió sus primeros cuatro, por tres del contrario. De meter el quinto, México es campeón mundial, de fallar, a extender el drama.  

Julián Quiñones es el elegido para cobrar. Su concentración es tal, que no observa en las gradas a tantos aficionados vestidos de verde que hacen parecer pocos a quienes visten de amarillo con su natural algarabía y sangre liviana. Ochenta mil aficionados en el estadio, más mil quinientos millones de audiencia televisiva, suman más expectativa por un gol que la visita a los templos de las principales religiones del mundo durante el fin de semana. Así de grande es el fútbol.

Pasaron 38 días desde que Julián escribió la primera letra de este mundial marcando gol ante Sudáfrica; ahora, el destino le dio la oportunidad de poner punto final a esta edición de la copa del mundo. Sería la primera vez en la historia en que un jugador abra y cierre con los goles de un mundial en un Alfa y Omega perfecto.

Mientras avanza hacia el manchón penal el tiempo se detiene para Quiñones. Su mente experimenta esa compresión temporal que precede a los accidentes. Su conciencia viaja muy lejos de ahí y regresa a los caminos de tierra en su remoto pueblo natal, enclavado en las entrañas de Colombia, entre la selva y el Océano Pacífico. Recuerda los días de jugar descalzo sobre el fango, esquivando tanto a los defensas improvisados del barrio como a la cruda realidad de una región asediada por violencia sistemática y olvido institucional. Recuerda cómo se forjó a sí mismo a base de hambre y rebeldía, ganándose el apodo de "Pantera" por ser un depredador frente al arco; de cómo a los dieciséis años, empujado por la necesidad de supervivencia, abandonó su tierra para emigrar a México buscando cambiar su destino. Aquí encontró refugio, oportunidad, fama, y un nuevo himno nacional.

Al acomodar con las manos la pelota sobre la marca blanca, no parece mover un balón de cuatrocientos y pico de gramos, parece cargar el peso de nombres como Hugo Sánchez y Luis García, Rafa Márquez y Guardado, Chicharito y Jorge Campos, y tantos atletas más. Da tres pasos hacia atrás.  

El árbitro suena el silbato. Julián inhala profundo, luego expulsa el aire de sus pulmones y enfila. Su botín derecho detona contra el cuero con fuerza bien entrenada. El balón se despega del pasto trazando una recta violenta; nueva compresión del tiempo: todo suspendido en otro abismo temporal donde aún no existen vencedores ni vencidos, distopías o utopías, todo puede suceder. 

Ráfagas de doscientas cámaras a nivel de cancha iluminan la noche en el instante preciso en que el portero rival vuela hacia la misma dirección del balón. Todo listo para la distópica utopía, no hay salida para Quiñones: si acierta, gana su país por adopción y pierde su patria natal, si falla, falla a su nueva bandera y da un respiro a quienes comparten su sangre en Colombia. 

domingo, junio 21, 2026

Día del Padre

 Publicado el 21 de junio de 2026 en Saltillo 360, de Vanguardia.



Pensé que conceptos como el eterno retorno, el Uroboro y esa idea de la circularidad de la vida se referían a historias tipo el Rey León, reencarnaciones y eso de que los ciclos aplican a la naturaleza, no al individuo. No podía estar más errado. Esta semana tropecé con la cuestión de que todo gira y gira como en un carrusel, o en canción de Fito Páez.

Montado en el carrusel a principio de semana, este no giró al son de una epifanía de jazz o música clásica, no señor, las revelaciones llegaron luego de un incesante chapoteo sobre los adoquines de la Alameda (en un decir elegante, en realidad es concreto estampado). El aguacero implacable del lunes ahogó los tenis con los que tanto anduve. No era cualquier par: con ellos corrí un maratón quince años atrás. Sí, sí, ya sé que quince años es demasiado tiempo para conservar un calzado en la era de úsese y tírese, pero si la moda no entra en mi anatomía por ser la antítesis de los maniquíes de tienda departamental, me toca estirar la vida útil de ropa y calzado hasta que en algún funeral caigo en cuenta de vestir parecido al personaje principal del evento. Llegué a casa con las suelas deshechas. Y apareció el eterno retorno.

Hace menos de diez años, en estas mismas páginas y alrededor del Día del Padre, conté cómo un aguacero echó a perder los zapatos que había heredado de papá más de diez años atrás, mientras atendía una responsabilidad de la que él estaría orgulloso.

Entre aquel aguacero de hace casi una década y el de este lunes, el paisaje se transformó por completo. El hombre que usó suelas de baqueta hoy parece vaquetón, los adolescentes que ayer lo festejaron hoy tienen grados académicos superiores al suyo. Pero el libreto del universo, en su infinita ironía, decidió repetir la escena: junio, lluvia a cántaros y yo regresando a casa con el calzado deshecho. Observando las suelas de mis tenis de maratonista desprendidas como bocas hambrientas, apareció la serpiente mordiendo su cola, el Uroboro.

En contexto y revolviendo más la harina, diremos que un carrusel da vueltas sin parar a través de los años sin que salgan volando los caballos y los tigres, las sirenas y los cisnes, en parte gracias a un poste de acero bien anclado al centro. El eterno retorno de mis zapatos arruinados sería solo una extraña y húmeda coincidencia meteorológica si no fuera por ese eje de rotación que es constante inamovible: el Día del Padre. Pero…

Es tentador pensar que el poste de acero o eje de rotación es uno, y me equivoco de nuevo. Siendo honesto, el que mi calzado termine una y otra vez en naufragio no es heroico, es pendejo. El verdadero giro argumental del carrusel es que el eje central no pertenece al ego del festejado en turno, y entiendo que el Día del Padre es una celebración que apunta en direcciones opuestas donde en ninguna estoy yo:

Por un lado, la celebración irrenunciable hacia mi padre. Es el día para honrar al hombre que me heredó más que un par de zapatos hace justo dos décadas en este mes. Y por otro lado, y aquí radica la ironía más hermosa de los ciclos, Uroboros y retornos, hoy celebro el tener los hijos que me permiten y alientan a disfrutar de un aguacero.  

 



domingo, junio 14, 2026

De la mano de dios a la mano de Suárez

 publicado el 14 de junio de 2026 en Saltillo 360, de Vanguardia


Léelo en Saltillo 360, de Vanguardia


A la hora de contar familia, me considero más hermano de mis hermanos latinoamericanos que hijo de la madre patria o primo de mis primos del norte; hoy me asumo rioplatense.

Cuando el charrúa Luis Suárez, no siendo portero, levantó su mano sobre la línea de gol al expirar la prórroga, además de atajar un balón que negó al continente africano su primera incursión en semifinales, hizo elipsis en el tiempo. Con ello, contuvo a la moralina eurocentrista que pretendió regir al mundo con un discurso que se contradice desde la llegada al lobby de todo museo europeo y casa real. A diferencia de la mano de dios de Maradona, que fue un robo de monedas al imperio británico, la mano de Suárez desató un martirio público de latinos y africanos. Diego engañó al juez ante el sol de mediodía en México, lo que le valió un gol para Argentina; 24 años más tarde, Luis se entregó a la justicia esa noche en Johannesburgo, la cual concedió el penalti a Ghana.

En la narrativa latinoamericana, donde el pasado nos dice que las historias y reglas se escriben por quienes ganan, la infracción se convierte en un recurso de supervivencia. Pero aquella vez en Sudáfrica la trama mundial se torció. Como buenos latinos, no robamos al ladrón; no era Argentina vengando las Malvinas. Éramos todos nosotros, todos hijos del saqueo, robando la gloria a Ghana, también hija del saqueo.

La paradoja más cruel de aquel partido: durante décadas, la literatura del fútbol —con Eduardo Galeano a la cabeza— nos entrenó para ver en el juego la simbólica revancha de oprimidos sobre opresores. El fútbol de garra fue nuestra lanza contra la mecanización europea, la disciplina oriental y la técnica gringa; pero en ese 2010 el guion se rompió. Ghana no jugó contra la Inglaterra colonialista, los conquistadores ibéricos o la bélica Alemania; compitió con Uruguay, una nación que apenas es un barrio dentro del mapa mundial. 

Luego de la mano de Suárez, vimos al cobrador ghanés estrellar el balón en el travesaño, mandando la resolución a una tanda de penales. Y si la mano de Suárez fue el sacrificio desesperado para una extensión de vida para su causa, el último penal del partido ejecutado a la Panenka por el Loco Abreu fue la firma de autor de nuestra sangre latina, dándole muerte al rival. Por un momento, dejamos de ser el héroe romántico de la resistencia para convertirnos en un verdugo pragmático. Nos convertimos en eso que siempre odiamos: la potencia que aplasta el sueño ajeno no por superioridad moral, sino por cínica astucia.

Al final, la mano de Suárez dialoga con la de Maradona en un mismo idioma no por la trampa, sino por la humanidad. Diego fue ese dios impuro que cobró deudas históricas; Suárez fue el demonio necesario para recordar que también acá somos cabrones. Ambas victorias dejaron huella profunda, pero la de 2010 trajo un residuo de culpa histórica. Ganamos esos partidos, sí. Pero si en el 86 la derrota británica supo a justicia redentora, al mirar a los africanos llorar sobre su césped sentimos que esta vez el saqueo lo perpetramos nosotros. Y eso, quizás, cala igual que otra derrota.