domingo, agosto 09, 2026

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publicado el 09 de agosto de 2026 en Saltillo 360, de Vanguardia


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Sin tiempo para enjugar el rocío de mis surcos pensantes (quitarme el sudor de la frente, en español), fui abordado por una dama y un joven mientras caminaba pensando qué hacer con el resto de la semana. Era lunes ya casi de noche.  

—¿Son influencers? — pregunté.

—No, somos de una agencia de noticias internacional— y soltaron una marca conocida.  

Él encendió una luz parecida a la que (supongo) te ponen en la procuraduría al interrogarte por tomar prestados unos cigarros del Oxxo o cuando conoces a la familia de tu novia. Ella encendió un micrófono que me recordó el estante de peluches en la alcoba de mis hijas.

En microsegundos rodó ante mi mente una película: mis cavilaciones hechas palabras, viralizadas por el ingenio de este par de periodistas entendidos de cómo se mueven las cosas; sus audiencias, embelesadas ante mi vasta comprensión y claro posicionamiento, compartiendo en sus redes sociales el contenido con familiares, amigos, compañeros de trabajo y el chat de vecinos. Adela o alguien de su talla, buscándome para ahondar en el tema; agentes queriendo representarme y sociólogos haciendo antesala conmigo. Foto con el alcalde, gobernador y el pleno en el congreso. Gerwig, Nolan o Cuarón, llevando al cine la historia de mi manifiesto.  

El tiempo en comunicación es oro, lo comprendo. De ahí que entendí las prisas y tono cortante para evitar digresiones que me alejaran del tema, pura carnita querían. Más pronto de lo que yo quise y con harta tinta en mi tintero, él apagó la luz y ella dijo gracias.

Helena, con hache (así dijo llamarse), me pidió mis generales y redes sociales para etiquetarme y enviarme el contenido luego que los medios de comunicación adscritos a su agencia noticiosa publicaran la entrevista. No pude quedarme callado y le dije que también yo colaboro en prensa, cosa que no tuvo en ella el mismo efecto de cuando lo digo ante la policía en un retén. Pero algo se encendió en mí cuando preguntó por mi edad… y aunque hace tiempo que las canas dejaron de ser interesantes para volverse incesantes, pienso que aún hay pista para el vals.

Han pasado dos semanas desde ese lunes. No he recibido mensaje por Whatsapp ni un correo de Helena con hache; quiero creer que su agencia sigue editando mi entrevista para colocarla. Pero a cambio y como un bono extra a mi desinteresada actitud, mis bandejas de mensajes se han llenado de toda clase de anuncios, invitaciones, archivos adjuntos y demás publicaciones que hasta hace poco tiempo estuvieron limitadas a mis intereses, aficiones y trabajos.

Qué ironía: en un mundo que se precia de no ser ingenuo y desconfiar de todo, resulté ser la presa más fácil del pueblo. Caminamos tan hambrientos de relevancia que basta un micrófono de peluche para creernos protagonistas de la actualidad. Nos urge tanto salir del anonimato, que entregamos alma y metadatos al primer espejismo con aro de luz que se cruza.

Seguiré esperando por Helena, con hache. El amigo de la luz puede irse a meter por donde salió.

 


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domingo, agosto 02, 2026

El insomnio de Macondo y un pragmático en Saltillo: la ética del atajo y la amnesia selectiva.

Publicado el 02 de agosto de 2026 en Saltillo 360, de Vanguardia


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Aquel reconocido ingeniero no nos bajó de pendejos. Ocurrió a principios de los noventa, cuando el tío de un amigo nos vio pulsar las teclas de las flamantes Casio fx-82 para calcular senos, cosenos y tangentes. En su ortodoxia analógica, recurrir a la calculadora científica fue una abyección moral, la renuncia explícita a pensar. Lo fascinante de su amnesia selectiva era que él mismo no calculaba a lápiz y papel, sino con una calculadora tradicional de escritorio también comprada en el gabacho, ejerciendo la misma hipocresía del escritor añoso que condena la computación añorando la máquina de escribir, olvidando que los Dantes y Cervantes redactaron a mano y con plumas de ave. Lo que el tío leyó como haraganería fue el crujir de un cambio de época: el instante en que delegamos la aritmética repetitiva para intentar el razonamiento abstracto.

Tres décadas más tarde la escena no cambió, solo ha mutado la escala. La automatización de los noventa ha florecido hoy en la presencia omnímoda de la Inteligencia Artificial y demás bondades tecnológicas. 

Debo advertir que el desencadenante de este artículo no fue un simposio de tecnología en Palo Alto o Massachusetts, sino una charla sobre Cien años de soledad durante el Festival Gabo recién celebrado en Bogotá. Estimulado por la conversación moderada por Giussepe Caputo entre Diana Uribe y Natalia Santa, decidí releer la novela y repasar la primera temporada en streaming antes del estreno de la segunda, y me encontré con el pasaje de la peste del insomnio y la amnesia en Macondo, que se revela como una alegoría de nuestra época.

Al principio, los macondinos celebran el insomnio: "Si no volvemos a dormir, mejor. Así nos rendirá más la vida". La vigilia se vendió como un triunfo de la hiperproductividad. Pero un efecto secundario trajo el olvido, forzándolos a etiquetar las cosas: "Esta es la vaca, hay que ordeñarla cada día. La leche es...". Cuando la amnesia avanzó, José Arcadio Buendia ideó un artefacto para catalogar el conocimiento: la máquina de la memoria. Hoy, la IA es esa máquina memoriosa donde externalizamos el pensamiento bajo la promesa de eficiencia, arriesgándonos a atrofiar el juicio propio.

Entre paréntesis y a riesgo de ser cancelado por quemadores de incienso, vale la pena señalar que el mismo Gabriel García Márquez apeló al baratísimo atajo del deus ex machina, ese recurso teatral que acelera la resolución artificial y forzada de un problema mediante el elemento divino o milagroso, ya que, para salvar a Macondo, resucita de la nada a Melquíades cargando una pócima mágica que cura el insomnio de un plumazo. Un pecado narrativo imperdonable en cualquier otro escritor, pero validado alegremente por el salvoconducto del Realismo Mágico. En defensa de Gabo diremos que sí, pero que Tolkien robó más al resucitar a Gandalf y sacarse de la manga a las águilas gigantes cada que tuvo un apuro. 

Es curioso observar cómo el tiempo revela las verdaderas incoherencias. Con los años, aquel severo tío mutó de ingeniero productivo en la industria local a anónima pieza de ajedrez en el sector público, resultando en sublime ironía: el mismo hombre que nos condenó por utilizar el atajo técnico de una calculadora científica, terminó abrazado al pragmatismo más cínico de la política, utilizando atajos donde el beneficio inmediato y personal aplastó cualquier compromiso con un deber ser que, entre líneas, parecía defender.



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