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martes, julio 07, 2026

El estadio más vibrante

 Publicado en Vanguardia el 07 de julio de 2026


Léelo en Vanguardia


Todos le llaman el Ángel de la Independencia pero su nombre oficial es la Victoria Alada.

Vine aquí para invocar 
esa sensación que se experimenta al final de los retiros espirituales o en el patriotismo extremo con el himno nacional, en la consecución de hitos personales o ya de plano, en la alteración del estado de conciencia que se alcanza en lugares como Amsterdam, por citar el estereotipo. 

Con la bendición de editores y ante la mirada inquisitora de mis creaturas decidí reportear la catarsis urbana en el área de Reforma y Centro Histórico de CDMX con motivo del partido México-Inglaterra.

Llegué sin gafete ni acreditación para captar el pulso de la gente sin las poses y posturas que cámaras y micrófonos potencian. 

La cosa era vivirlo como ciudadano, no como periodista.

Me disolví entre la multitud buscando que la urbe hablara sola. Quise retratar a la ciudad y su gente alrededor de un Mundial que nos ha sacudido las entrañas, pero la invisibilidad es mito: en cada escena que atesoré y en cada apunte que he escrito, aparezco proyectado como ese niño colado que quiere salir a cuadro. Entiendo entonces que para narrar a la masa, hay que mimetizarse en ella.

Esta metrópoli es un monstruo maravillosamente esquizofrénico y mi itinerario sabatino reflejó esa dualidad: me refugié en Bellas Artes para atestiguar La Revolución Diamantina, empatizando por medio del arte con la metáfora de la diamantina y la violencia hacia la mujer: imposible de ignorar y difícil de quitar. Adentro, la capital pareció levitar en introspección, al salir, el contraste fue brutal.

La estela reflexiva se disolvió en un cosmos de camisetas verdes, la ciudad se quitó el gazné para respirar fritangas, caos y smog.

El domingo, CDMX y yo volvimos a encaramarnos como viejos amantes que somos.

Caminé temprano por la ruta recreativa valorando la oportunidad de andar por la principal avenida del país sin bocinazos ni tráfico. La ciudad quiso fingir que era un domingo ordinario, pero las gigantescas pantallas que evocaron a molinos se alzaban aguardando el silbatazo y contingentes de correderes lanzaban consignas del tipo "¿Y si sí?" y otras más pintorescas. 

Durante el día controlé las emociones y no permití que la bestia me tragara. Luego, el balón rodó.

No tiene caso detenerme a analizar el resultado, para eso están los cronistas de fútbol, ellos tienen el rigor, yo ya no tengo ni voz. Acá, a pasos de banqueta se habla de sentimientos porque la estadística es efímera, mientras las formas de procesar la pasión son eternas.

Luego del silbatazo final la catarsis me arrastró del Café Genova (mención honorifica aquí a todo su personal) hasta la glorieta del Ángel para cerrar este escrito.

Por supuesto, el destino quedó a deber: no hubo aquella algarabía ni la multitud de gente que horas antes esperaba. Pero encontré algo valioso: el caminar del vencido que sigue mirando al frente. 

No espero que me lo creas, pero en el largo trayecto desde el Ángel al hotel, no escuché ningún lamento. ¿Explicaciones?, tal vez, los "hubiera" de rigor, esta vez sí fue penal y Raúl lo ejecutó; no hay villano al cual culpar. Era un mar de madurez sin abandonar la fiesta, una lección de civismo, un saber que esto es un juego, que Inglaterra jugó bien.

No quise alargar la noche y me encerré en el hotel, intenté aclarar ideas para narrar mi encomienda, no supe ni qué poner. La ciudad vibraba en mi como lo hizo en el Ángel. 

No tuve esa fiesta grande que celebra el patriotismo, no vi a México imponerse en la cancha a un gran rival, pero sin sitio a la duda, una voz, la voz del niño del México '86 que de pronto se hizo adulto, me dijo sin concesiones que aquí es donde habría de estar para entender una cosa: que el estadio más vibrante del mundo no es aquel que tiene gradas, sino ese que tiene alas, en Paseo de la Reforma. 

domingo, julio 05, 2026

El Zape

 Publicado el 05 de julio en Saltillo 360, de Vanguardia


Léelo en Saltillo 360, de Vanguardia


Aquí te espero un ratito mientras ves tu celular: el golazo de Manuel Negrete en México ´86. Para muchos, el momento cumbre del fútbol mexicano. Puedes ver en el festejo el zape que Manolo recibe de un compañero, quien no frena su paso hacia la media cancha en lo que considero una declaración de, sí, festejar, pero también ponerse atento para cerrar el partido. Ese coequipero de Negrete fue Javier Aguirre, hoy entrenador del TRI.

A cuarenta años de aquel mundial, hoy queremos llegar a la misma instancia que nos mandó ese gol de media tijera: cuartos de final. Para eso, el Vasco construyó una estrategia, una atmósfera y un conjunto que nos permite soñar: ¿y si sí?

Sobra hablar de merecimiento: temblores e inundaciones, tan cerca de algunas cosas, tan alejados de un dios; devaluaciones y crisis, saqueados y violentados, polarizados, migrados… pero siempre levantados. No imagino las terapias de esos héroes futbolistas: entender que no nos cargan, porque no les corresponde; pero darnos alegría, sin duda es algo que buscan.

Es sencillo contagiarse y ver un mar de señales. En las calles y comercios, en oficinas y parques; con playeras oficiales, con clones y con sarapes, los niños y las abuelas, el empresario, el obrero. Se inundó el país de verde, el himno se escucha fuerte, todo aquel que tiene saldo, comparte en redes sociales.

Si miras a los convocados de Aguirre, verás una plantilla que es radiografía de nuestra idiosincrasia, una foto familiar en la que todos cabemos.

Iniciando con Don Memo, ¿quién no tiene en su familia, en la chamba u otra parte, un referente de Ochoa? Experiencia y sobriedad, liderazgo natural. ¿Sus herederos? Son el “Tala” y Acevedo, el titular y el rockero.

En la defensa tenemos a Montes, Vásquez y Sánchez, y a Reyes, Gallardo y Chávez: el Cachorro, un gladiador, el terco hecho lateral, un romántico e influencer, el chistosito del grupo, y el hijo que honra a su padre. 

El medio campo de miedo: los Luises Chávez y Romo, el del golazo en Qatar, y el del fútbol de ajedrez; Fidalgo, Vargas y Brian, mexicanos por sus huevos, con buena sangre española, con hielo al ejecutar, ¿y los “Brayan” ?, en cada familia hay. Nuestro Capitán es Edson, nuestro orgullo, nuestro pueblo. Y Lira, Orbelín y Mora: temperamento y maromas, y uniendo a todo el equipo, la promesa de una joya.

Y los sicarios del área: Jiménez con G y con Jota, uno es milagro viviente, el otro, pibe y galán, ambos definen sin miedo; la Hormiga, el Chino y Memote, el Piojo, Vega y Quiñones: el Otaku que es bien chido, un velocista explosivo, un gigante literal y en sentido figurado, el desparpajo total, el de carácter festivo, y el que se encarnó en la idea de ese noviazgo perfecto entre México y Colombia.

Qué genial sería presenciar un tipo de analogía del zape a Manuel Negrete: hoy quiero ver esa escena, ver a México ganar, y si el Vasco lo permite, que en el modo de nostalgia, de cábala o antología, le demos todos un zape, por su proeza increíble. Y que venga lo que sigue!